lunes, 7 de septiembre de 2009

Reglas para una mejor sociedad.

Creo que nosotros, los adultos, somos ahora más tolerantes con las malas costumbres de los jóvenes...

A través de la historia se ha demostrado que el hombre –término genérico que abarca tanto al hombre como a la mujer– necesita establecerse en un lugar y asociarse con otros de su misma especie para lograr un mayor desarrollo humano y social (llámese gregarismo).

Hace miles de años el ser humano, aún cuando habitaba en cuevas y andaba semidesnudo, tuvo la necesidad de convivir con otros humanos para defenderse de las bestias salvajes y conseguir alimentos. Las únicas necesidades humanas de la época. ¡Cómo han cambiado los tiempos...!

Pasaron cientos de miles de años y el hombre de nuestra era moderna, igual que el de la antigüedad, necesita vivir en comunidad, ya que si no lo hiciera sería difícil para éste adaptarse al mundo que lo rodea. Nacemos en el seno de una familia, los bendecidos por Dios; y otros, tal vez no tienen esa suerte, pero, nacen en algún lugar donde hay seres humanos.

Todos tratamos no solo de buscar un empleo, sino también de formar una familia. Aquellos que por alguna razón no logran adaptarse a la sociedad, lamentablemente marchan en pos de un futuro dudoso. Lo cierto es que el hombre desde que nace busca a sus semejantes y necesita de ellos para sobrevivir. Qué pasaría con un bebé que no recibiera los cuidados que requiere... Indudablemente moriría.

El aumento de las necesidades, el crecimiento poblacional, el razonamiento humano del bien y del mal, las ambiciones, y otros factores, complicaron las relaciones entre seres humanos. Conclusión: empezaron las guerras sangrientas y despiadadas, ya sea para imponer un régimen o para controlar un bien económico. Asimismo, como resultado de la compleja vida humana, se originaron las riñas, los actos vandálicos, los delitos sexuales, las venganzas, los crímenes y otros eventos característicos de las bajas pasiones de la especie humana. Herencia que ha llegado a nuestros días.

A raíz de toda esta complejidad, se fue creando una serie de principios morales y normas sociales que han pasado de una generación a otra, con el propósito de lograr una mejor convivencia humana. Aunque muchos eruditos y doctores del conocimiento humano busquen en su mente y en los diccionarios los términos más sofisticados para atacar los principios morales, los preceptos cristianos y traten de justificar lo malo y denigrante para la especie humana, gracias a Dios la mayoría tenemos la convicción de que si se respetaran las normas cristianas y morales, tendríamos una mejor sociedad.

En muchos países del mundo –incluyendo los de mayor desarrollo económico– las instituciones privadas y los gobiernos han realizado grandes debates acerca de la corrupción y la delincuencia en todas las esferas de la sociedad. Siempre han llegado al mismo punto: promover los valores morales a través de todos los medios de comunicación; fortalecer la unidad familiar, mejorar la educación en las escuelas básicas; y entre todas las instituciones, tales como clubes cívicos, gremios, sindicatos, escuelas, gobierno, medios de comunicación e iglesias, unir esfuerzos para minimizar los antivalores morales y cristianos.

Pienso en lo afortunados que somos todos los que vivimos la infancia en la década del 60 y la adolescencia en los 70. Los maestros se preocupaban más por inculcarle al niño las enseñanzas morales y las normas apropiadas de conducta. Casi nos obligaban a leer El sembrador –texto escolar que utilicé– y a mejorar la letra. Recuerdo el énfasis que le daban al arreglo y cuidado de los cuadernos...Varias veces me fueron a buscar a la casa, porque no quería ir a clases. Es cierto que en algunas ocasiones fueron un poco duros aplicando castigos, pero muchos estamos agradecidos por la enseñanza y consejos que nos dieron. Definitivamente que nos iluminaron el difícil camino que venía y nos ayudaron a tomar mejores decisiones.

Por otra parte, tanto los padres como los adultos eran más enérgicos en los buenos modales y el respeto. “No hables con la boca llena...” “Usa la camisa correctamente...” “Siéntate bien...” “Respeta a los mayores...”. El ejemplo al igual que la disciplina acompañaban estas expresiones que tanto nos aburrían y molestaban. Mas hoy día lo agradecemos profundamente. ¡Cómo hubiese sido nuestro futuro sin la enseñanza de los maestros y tutores de aquella época!

Se emplean muchos argumentos psicológicos; se hace referencia al crecimiento desproporcionado de la población y la necesidad de que ambos padres tengan que traer el sustento al hogar; todo con el fin de disculpar el poco empeño de los educadores y padres en dar una mejor educación a los muchachos.

Pienso que el problema no está en los factores externos. Claro que los tiempos han cambiado, sería ingenuo pensar que las cosas no son más complicadas que antes. Por supuesto que la economía actual nos obliga a hacer ajustes. Sin embargo, creo que nosotros, los adultos, somos ahora más tolerantes con las malas costumbres de los jóvenes; el ejemplo de moralidad está por el suelo; no hacemos énfasis en la disciplina de nuestros hijos. Ciertas madres –para no decir la mayoría– cuando se trata de hacer tareas con sus hijos o visitar periódicamente a los maestros de sus vástagos, no tienen tiempo; no obstante, sacan tiempo para las novelas, la sala de belleza y otros asuntos.

Si me pusiera a diseñar una lista de todas las actividades que realizamos a espaldas de nuestros pobres hijos, que con tanta ilusión y amor nos esperan, sería extensa. Concluyo este artículo pensando que si todos los miembros de la sociedad empezáramos a dar un mejor ejemplo moral y amáramos más a nuestros hijos, iríamos progresivamente construyendo una mejor sociedad.



Eric Aragón
El autor es profesor
Fuente: diario La Prensa
Panamá, 20 de febrero de 2003

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