sábado, 7 de febrero de 2026

¿La inteligencia artificial reemplazará tu trabajo?

¿Qué deben hacer los trabajadores frente a una tecnología que llegó para quedarse?

Una gran parte del personal que labora en oficinas, profesionales y maestros se verán afectados por la inteligencia artificial. Ya es un hecho, estos programas sofisticados y futuristas ya están tomando el control de aquellas áreas repetitivas o generales, incluso, aquellas que requieren análisis vertical, horizontal y comparativo, cálculos matemáticos, atención a clientes, registros, análisis e interpretación de estados financieros; elaboración de facturas, manejo de registros escolares, tutorías virtuales. Y en el periodismo montones de trabajos; en fin, son tantas las tareas que hace la inteligencia artificial. Esta ya está tomando el control casi de todo de una manera muy rápida.

Hace unos dos años no se usaba tanto la inteligencia artificial como se usa en este momento, y se espera que cuando termine este año 2026 haya tenido un avance, que algunos catalogan ya de “terror”, porque asumirá el control de oficinas, redes sociales, internet, publicidad, docencia, industria, manejo de la información, casi todo.

Siempre que hay una nueva innovación tecnológica a gran escala, viene la incertidumbre y el temor de los empleados administrativos, profesionales y educadores. Ya la humanidad pasó por esto. Primero la Revolución Industrial, después el desarrollo de las computadoras y su uso masivo en las oficinas y escuelas. Posteriormente el internet y las redes sociales. Después de la pandemia, el uso masivo del comercio electrónico; y ahora llegó, casi de una manera mágica, la inteligencia artificial.

¿Qué hacer?

Primero, la humanidad, y sobre todo los que trabajan en oficina y educadores, deben tomar conciencia que es inevitable que la inteligencia artificial tome control de un montón de tareas que realizan en este momento. Es obvio que ya no se necesitará tanta gente para esos trabajos. Habrá que reducir el personal –despidos, y contratos que no se renovarán.

Segundo, eso les creará problemas emocionales, ansiedad, depresión y temor si no aprenden a enfrentarse al desafío que representa la inteligencia artificial.

En tercer lugar, la buena noticia. No hay que tener miedo al despido o reducción de personal. Lo que hay que hacer con seriedad es exactamente lo que hicimos en el pasado: adaptarnos, aprender, reinventarse, tomar cursos, ir por el camino de las nuevas tecnologías.

Así es. Ya deben estar los maestros, oficinistas, contadores, analistas de recursos humanos, periodistas y todos los afectados leyendo y entendiendo que es la inteligencia artificial ¿Cómo se usa? ¿Para qué sirve? ¿Cuáles son las tareas que ya está haciendo? ¿Cómo debo usarla correctamente?

Si no lo ha hecho, aún está a tiempo de aprender la utilización de las herramientas que se requieren para trabajar con esta tecnología, de manera tal que no sea la inteligencia artificial (IA) la que controle y dicte las pautas que se deben seguir, sino que ella sea lo que debe ser: una herramienta auxiliar y no la que me manipule con plagio, información falsa o errónea y repetitiva. Sino que usted sea el que se beneficie de su uso en labores de oficina, como profesional, técnico, maestro o en cualquier campo donde la necesite para hacer su trabajo más eficiente, preciso y rápido.

La inteligencia artificial ya convive con nosotros. Es un hecho.


Eric Enrique Aragón. Escritor y Columnista de Revista Futuro desde 2009. Autor de: "Historias que no se pueden olvidar", "Historias que cambiarán tu vida" y "NO PUEDO RENDIRME: 30 años de guerra personal contra las deudas. Disponibles en formato físico y digital en Amazon. aragon044@yahoo.com

jueves, 8 de enero de 2026

Sin economía no hay democracia: la lección que Venezuela y América Latina ignoran

El gobierno de Estados Unidos actuó conforme a la presión de las circunstancias. El escenario era claro: Rusia y China consolidaban su control sobre el petróleo venezolano, o Estados Unidos ponía un límite a esa expansión. Muchos esperaban una acción más contundente: la caída del régimen de Nicolás Maduro y la inmediata entrega del poder a los líderes de la oposición. Sin embargo, eso no ocurrió.

Lejos de lo que deseaban algunos sectores, la administración estadounidense, con Donald Trump como presidente y Marco Rubio como secretario de Estado, optó por una decisión que no fue popular, pero sí prudente. La prioridad no fue un cambio político inmediato, sino algo más básico y, a la vez, más determinante: la estabilidad económica y social. La transición democrática quedó en segundo plano, no por desinterés, sino por realismo.

La historia reciente demuestra que, tras décadas de dictadura, ningún país de América Latina ha logrado una transición democrática sin altos costos. Los primeros años suelen estar marcados por conflictos sociales, divisiones profundas en la sociedad, fracturas dentro de las fuerzas armadas y una inestabilidad política que, en muchos casos, termina con la caída de gobiernos elegidos en las urnas. En ese contexto, lejos de mejorar el crecimiento económico y el desarrollo social, lo que hace es empeorar.

El problema se agrava cuando quienes llegan al poder, aun con legitimidad democrática, carecen de comprensión sobre cómo funciona la economía global. Persisten en la idea de que los discursos, la retórica política y la ideología, por sí solos, pueden resolver problemas estructurales. Pero los desafíos reales de las naciones no se solucionan con palabras: comienzan con la falta de empleo, los bajos salarios, la carencia de vivienda digna, sistemas de salud deficientes y una educación pública que no responde a las necesidades del mundo actual.

América Latina aún no termina de asumir una verdad incómoda: en los tiempos que vivimos, ningún país puede avanzar si sus gobiernos están en manos de personas que dominan el discurso político, pero ignoran la economía. Hoy, los problemas más graves que enfrenta la población tienen un origen principalmente económico, no político. La política importa, por supuesto, pero ha quedado demostrado que la región está llena de supuestas “estabilidades democráticas” que conviven con altos niveles de corrupción, pobreza y desigualdad.

La razón es sencilla: la formación económica pesa tanto —o más— que la política. 

Muchos organismos internacionales que deberían velar por la estabilidad y el desarrollo de los pueblos han dejado de cumplir ese papel. Se han transformado en espacios de retórica, en clubes de políticos y oradores que discuten mucho y resuelven poco.

Lo que hoy se necesita son gobernantes y líderes con formación económica, empresarial y técnica; personas que entiendan cómo mover la economía, cómo generar riqueza y, sobre todo, cómo distribuirla de manera justa. Cuando una sociedad tiene empleo, salarios dignos, viviendas adecuadas, servicios de salud eficientes y una educación pública de calidad, la corrupción y la inestabilidad social pierden fuerza.

Con el estómago lleno y con oportunidades reales, los conflictos políticos disminuyen. No es una fórmula mágica, pero sí una lección que América Latina y otras regiones del mundo siguen ignorando. La democracia no se sostiene solo con votos y discursos: se sostiene, ante todo, con una economía que funcione para la mayoría.


Eric Enrique Aragón. Escritor y Columnista de Revista Futuro desde 2009. Autor de: "Historias que no se pueden olvidar" e "Historias que cambiarán tu vida". Disponibles en formato físico y digital en Amazon. En preparación: "NO PUEDO RENDIRME: Mi guerra personal contra las deudas. aragon044@yahoo.com