jueves, 10 de mayo de 2012

Un domingo de pulgas…

A pesar de la angustia y picazón que me causaban las pulgas y los piojos los días domingo –aunque parezca cómico- no guardo ningún resentimiento ni siquiera contra estos insectos, que son parte de la naturaleza y que de alguna forma tienen que alimentarse. Hasta los niños saben, ya que lo aprenden en los primeros años de escuelita; que los piojos y pulgas abundan en los lugares donde no se practica el aseo.

Si los espacios ocupados por seres humanos, como los centros educativos, los hogares y otros sitios públicos carecen de aseo adecuado, indudablemente que todo mundo estará rascándose la cabeza y el cuerpo, porque serán comida de los piojos y pulgas.

Como lo he dicho un sinnúmero de veces… El cine siempre ha sido una pasión para mí. A veces creo que desde el vientre de mi madre, ya venía con ese deseo de ver películas. Creo que mis dos hijos Diana y Michael, heredaron tal pasión. Ambos desde recién nacidos se entretenían viendo películas y cómicas conmigo.

Vivía en un lugar llamado Desamparados. No recuerdo el nombre exacto del barrio, pero, si recuerdo que cuando venía en bus desde el centro de San José –ciudad capital de Costa Rica- me bajaba frente al parque, cerca del cine llamado La Reina -en éste vi muchas películas-. Después cruzaba el parque (aquí estaba la iglesia católica), en dirección a la calle que pasaba a un costado de la Caja de Ahorros. La casa donde residía en esos años estaba casi al final de la mencionada calle.

Alguien me habló acerca de un cine donde se pagaba poco, unos doce colones, un precio bastante popular. Por esta cantidad de dinero presentaban dos películas; generalmente eran mexicanas. ¡Por supuesto! Esto me impactó… Podía ver dos cintas o mejor dicho recordarlas, ya que en mi niñez las había visto casi todas… Películas protagonizadas por los legendarios luchadores: El Santo, Blue Demon, Mil Máscaras; o Lucha Villa, Cantinflas, y tantas otras cintas cinematográficas al estilo ranchero.

En una gran cantidad de películas, los actores principales, quienes eran famosos cantantes, hacían gala de sus voces espectaculares, entonando las canciones rancheras. Podemos mencionar a Pedro Infante, Javier Solís, Miguel Aceves Mejía, Vicente Fernández, Antonio Aguilar, Agustín Lara, Jorge Negrete. Las películas eran tremendas joyas clásicas del cine mexicano y norteamericano; ya que presentaban cintas de ambos países.

Un día decidí conocer tal cine. La doble tanda a precios populares, se ofrecía los días domingo en la tarde, para todo público. No puedo indicar con exactitud la ubicación del lugar. Pero si recuerdo que podía llegar al cine caminando por una de las angostas calles laterales, que estaba más o menos enfrente del hotel Centroamericano, por la avenida Segunda. Esta era una de las principales vías en esos años de la urbe josefina y aún lo es. También, podía llegar a la sala de cine, entrando por una de las calles contiguas al teatro Moderno. Por cierto estas calles parecían un laberinto, igual que ir al sector del mercado público.

¡Excelentes películas del recuerdo…! Durante un tiempo me convertí en asiduo fanático de ese cine. No faltaba ningún domingo, tanto así, que una vez me hicieron una importante invitación (fiesta de cumpleaños) y a pesar de que me llevaba muy bien con toda la familia de la joven quinceañera, no asistí a tal evento. Algunos años después la visité. Estaba casada y con dos hermosas hijas. ¡Bueno! Era tanto mi anhelo por ir al cine, que falté a tal evento. Después me sentí sumamente apenado… Y ahora que la vi convertida en una hermosa señora, me arrepentí de no haber ido a su fiesta…

Gozaba cada película, no obstante, el precio que tenía que pagar era altísimo, y no me refiero al precio monetario. Ese cine estaba llenísimo de pulgas y piojos. Mientras la gente veía la película, se les podía ver volando por todas partes. Estaban en las bancas, paredes, baños, en fin, en cada centímetro del local. Durante las dos horas aproximadamente, que miraba fijamente la pantalla, me olvidaba de la existencia de los insectos. Inmediatamente después de salir del cine, cuando regresaba a la realidad; sentía el fiero ataque de los piojos y pulgas. Estaban clavados en todo mi cuerpo. La picazón era infernal.

Cuando llegaba a la casa corría a quitarme la ropa, zapatos y todo lo que cargara encima y lo echaba en un tina llena de agua, clorox y cualquier otra sustancia que matara a los agresivos insectos. Igualmente, me daba un intenso baño… Hasta desinfectantes me echaba encima… Al final siempre me quedaban un par de piojos y pulgas en mi cuerpo. Se puede decir que me tomaba los cinco días de la semana erradicar por completo a los malévolos bichos. ¡Y nuevamente se repetía el mismo proceso…! ¡Una y otra vez!

Estuve muchos meses viendo hermosas películas clásicas; y también sufriendo el martirio de los descomunales ataques de los piojos y pulgas… ¡Bueno! Tenía la fuerza y la locura de los años de juventud. ¡Lo podía soportar todo…! ¡Vivan los años mozos!






Por:
Eric Enrique Aragón

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