martes, 1 de mayo de 2012

Qué afortunado soy…


Cualquiera pensaría que voy a referirme a una infancia parecida, a la del niño que protagoniza la excelente serie de televisión llamada, “Los Años Dorados”. Si mi memoria no me falla -como si lo ha hecho mi vista desde hace varios lustros- el niño protagonista en la serie se llama “Kevin”.  La serie es maravillosa, puede ser vista por grandes y chicos; ya que narra la vida de una familia, con sus altas y bajas; pero, que al final de cuentas es la familia ideal.
La verdad se trata de un recuerdo muy nostálgico para mí, no obstante, me permite sentir “que si hay un Dios que nunca abandona a los niños huérfanos”. Cuando estaba pequeño tuve la oportunidad de conocer muchas regiones de América Latina, el este de Europa y algunos pueblos de Asia.  Todo gracias a mi aventurero papá o mejor dicho creador biológico, que lo único que me dejó en la vida fue un vago y triste recuerdo.
Ni sé porque viajaba tanto, quizás lo hacía como gitano que era –nacido en Rumanía- al igual que mi madre… Si recuerdo que estaba muy pequeño, quizás tenía unos cuatro años, cuando apareció de repente y le dijo a la señora con quien vivía en ese momento (mi abuela materna)…¡Me lo llevo, yo soy el papá…!  Mi ilusión no duró mucho, pues a los meses me abandonó nuevamente… ¡Y esta vez para toda la vida!  Tuve que sobrevivir solo realizando distintos trabajos, la mayoría por las calles de Rumanía, Albania, México, América Central y Panamá.  En este último país un señor influyente y diplomático, durante la dictadura militar, utilizó una partida de bautismo, donde figuraba (él) como mi padrino, para que me inscribieran en el Registro Civil de Panamá. Soy español por mi mamá (gitana española) y rumano por mi papá. 
¡Bueno! Con “sangre gitana” pude nacer en cualquier lugar. Realmente no lo sé. Y nadie me lo puede explicar, ya que la única familia que conocí hasta los seis años aproximadamente, vive en Europa del Este o en Islas Canarias… Lo más seguro es que todos están muertos o desaparecidos. De acuerdo a una tía que vivía en Costa Rica, en el año 1966, la mayor parte de mi familia fue perseguida y masacrada en Europa. Y los pocos que quedaron tuvieron que huir… (Según ella, esa fue la razón por la cual me abandonaron a mi suerte).
 Según los funcionarios de esa época (todos fallecidos), yo nací en suelo costarricense.  Lo cierto es que soy de “raza gitana” y viví hasta los 4 años en las calles y en la campiña de Rumanía.  Una de mis abuelas (gitana española), me llevaba de un lugar a otro.  Ella “irónicamente” gravó en mi mente la “Fe Cristiana”. Yo creo -no estoy seguro-  que ella no era totalmente gitana… ¡Dios la tenga en su gloria, al igual que otras abuelas que tuve!
Este recuerdo melancólico viene a mi memoria; porque mientras me asomaba por la ventana de mi recámara, vivo en el tercer piso de un pequeño edificio, llamó mi atención un niño -estimo que no tendría más de tres añitos-  cruzando la calle muy seguro y bien agarrado de la mano de su mamá. 
Se me salieron las lágrimas en ese momento, porque recordé dos cosas. Primero: en mi recorrido por esos lugares descritos anteriormente; conocí a muchos niños de la calle, abandonados, con hambre, cuyo hogar era cualquier callejón donde pasaran la noche. Algunos eran explotados por los adultos y los más fuertes sobrevivían haciendo trabajos por la calle o tomando sin permiso lo ajeno…
Jamás se me ha olvidado lo que me contestó el señor, a quien le pregunté: ¿Por qué los niños vivían así? Y en medio de mi ingenuidad, me puse a llorar… Lo irónico es que yo era igual a estos niños. También tenía que dormir en la calle, porque mi papá me dejó solo en un callejón y jamás apareció…
El parroquiano me respondió: que los niños vivían así, porque “los adultos eran crueles y no tenían a Dios en su corazón”.
Y en segundo lugar: me sentí afortunado, porque cuando me ponía a llorar… ¡Y por cierto! siendo un niño lo hacía a menudo. Lo único que se me ocurría hacer –en medio del llanto y el dolor- era rezar o hablar con Dios, hasta que cesaran mis lágrimas. Jesús siempre estuvo allí... De otra manera, no pudiera contar esta historia…
No tendría sentido contar esta historia si ustedes, apreciados lectores, no se dan cuenta de lo afortunados que son.  ¡Si! La mayoría son afortunados, porque tienen algo bueno en sus vidas. Miren todo lo que está a su alrededor o simplemente, el interior de vuestras almas... y podrán darse cuenta que tienen algo hermoso.
Después de descubrir que si cuentan con algo lindo en sus vidas, entonces, busquen a los niños abandonados o que carecen de una verdadera familia y compartan con ellos... ¡El Dios de Israel y Nuestro Señor Jesucristo los llenará de bendiciones!



Por: 
Eric Enrique Aragón

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