lunes, 28 de febrero de 2011

¡Culpable…! ¡Culpable…!

Parecía que iba a ser un día cualquiera… Estaba parado dentro de una panadería, casi a la salida de ésta. Era un día lunes, once de la mañana, aproximadamente. Tomaba una bebida de chocolate, mientras miraba todo a mi alrededor.

Enfrente una gran calle por donde pasaban decenas de vehículos y buses colectivos que se detenían a recoger pasajeros, precisamente, a unos siete metros del punto donde me encontraba parado.

A los lados de esta calle muy popular, que en otro tiempo fue la principal de la ciudad, se observan cientos de almacenes, en su mayoría de hebreos. La gente caminando como hormigas por la acera, que está llena de anaqueles con ropa para la venta, pertenecientes a estos almacenes; ya que tienen la costumbre de sacar sus artículos, sobre todo la ropa, afuera del establecimiento comercial, obstruyendo muchas veces el paso de los peatones, y más en días de quincena… También, para hacer aún más difícil el paso de la gente, en la acera de ambos lados de la calle, se han ubicado muchos buhoneros y vendedores de frutas.

Resulta peligroso cruzar esta calle, no obstante, cientos de personas lo hacen en la mañana, en ambas direcciones; ya que se dirigen a sus áreas de trabajo. Por aquí cerca, además de los cientos de almacenes, se encuentran grandes supermercados, instituciones gubernamentales, un museo, varias escuelas públicas, mueblerías, restaurantes, y otros establecimientos comerciales propios de una gran avenida Central, en la ciudad capital.

Miré el reloj –siempre estoy pendiente del tiempo- y me percaté que tenía quince minutos de estar en la panadería. Siempre me detenía cerca de ésta a esperar el bus… Ciertos días de la semana tengo que dictar unas horas de clase – a veces gano unos reales como profesor- en un instituto, que ofrece carreras a nivel técnico superior y que se encuentra en este lugar.

Por la panadería pasan muchos niños con sus padres, que vienen o van a las escuelas de educación primaria, que están a unos pocos metros de aquí… En este preciso momento observaba a una madre que traía de la mano a un niño y más atrás venía una niña. Todos procedían de una escuela, cruzaban la calle, se acercaban a mí. El niño tendría unos nueve años y la niña, no más de once añitos. Mire a la niña que se acercaba y me pareció que caminaba con cierta burla –contorneaba el cuerpo-. Todo el que tiene hijos pequeños, sabe que ellos siempre andan inquietos, es normal a esa edad.
A medida que se acercaba la niña, como algo inesperado e instintivo, de mis ojos empezaron a brotar lágrimas. En ese momento trataba a toda velocidad, de esconder lo que me estaba ocurriendo, para que nadie se diera cuenta. La niña no estaba haciendo ninguna burla… Ella es así…Caminaba con dificultad… Se tambaleaba de un lado a otro, parecía que se iba a caer…

¡Imagínense! el gran esfuerzo que hace esta niña para ir a la escuela… ¡Y cómo hará sus deberes en el aula de clases…! ¡Y la burla de sus compañeritos que no entienden tal situación; porque que no han recibido una buena enseñanza en el hogar… Y de algún adulto desalmado que abundan…! No sabría explicar que enfermedad padecía… Tal vez ¿Parálisis cerebral...? La verdad no sé… Lo que si sé es que hay millones de angelitos que sufren como ella y que nunca pidieron venir al mundo así…

Sentí un gran dolor, que me llegó a lo más profundo de mi alma… La vi alejarse y pensé en lo afortunado que soy; ya que Dios me regaló dos niños sanos. También, sentí una gran impotencia, porque no podía ayudarla… Y al mismo tiempo, la angustia y la aflicción destrozaron mi corazón, porqué medité en la crueldad que aniquila a la raza humana; igual que el peor de los tumores malignos.

¡Qué inhumanos somos que no hacemos nada para que los niños que sufren como esta niñita, puedan vivir en un mundo mejor… ¡SI SOMOS CULPABLES…CULPABLES…!

Por: Eric Aragón
20 de mayo de 2010

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